La fragata enemiga se abalanza sobre nosotros como una sombra que ha decidido volverse carne.
La noche se quiebra en un destello rojo: el misil despega desde la proa de la fragata, dejando tras de sí una estela que recorta el horizonte en dos. Un rayo de fuego que viene a toda velocidad, desde la banda de estribor, directo a nuestro casco.
El radar del Sea Tiger lo detecta antes de que yo pueda respirar.
Las torretas Sentinel reaccionan solas: giro automático, adquisición, disparo.
El sonido es distinto al de un fusil. Es una ráfaga continua, metálica, como si alguien estuviera golpeando el aire con una cadena de acero. Miles de vainas vacías caen en cubierta, rodando, rebotando, llenando el espacio con un crujido que parece más propio de una fábrica que de un combate.
El misil no llega a nosotros.
La Sentinel de babor se ha encargado de él. El proyectil se desintegra en el aire, a quinientos metros de popa, convirtiendo su propia potencia en humo y fragmentos que caen al mar con un sonido sordo.
Javier Martín ya está en posición, con los COEs a su alrededor, manteniendo la calma.
Los perros K9 no han ladrado.
Están acostumbrados a los disparos. Han visto combates en tierra, en bosques, en zonas urbanas. Pero la ráfaga de la torreta es otra cosa: más aguda, más rápida, más intensa.
Se miran entre sí.
Unos segundos de silencio.
Luego se tranquilizan.
Se aprestan.
No para disparar, sino para lo que viene después: el combate cuerpo a cuerpo. Están listos para saltar, para sujetar, para controlar, para no dejar que nadie se mueva sin permiso.
La fragata enemiga no esperaba que pudiéramos eliminar el misil.
No sabía que tres de nuestros seis drones de Anduril ya habían preparado una trampa mortal.
Los drones, pequeños y silenciosos, se han separado del casco del Sea Tiger y ahora vuelan en formación, casi invisibles, con sus sensores pegados a la superficie del agua. Han estado esperándola, calculando, sincronizándose.
Cuando el misil se desintegró, los drones se activaron.
Tres de los seis se han acercado a la fragata, a velocidad baja, pero con precisión. Han colocado sus cargas cerca de la quilla, en posiciones estratégicas, ocultándose en la sombra de su propia estructura.
Ahora, sin necesidad de aviso, los tres detonan.
El agua se levanta en tres columnas simultáneas.
La fragata se sacude como si hubiera golpeado un fondo invisible.
El timón se pega.
La velocidad cae.
La proa se inclina.
Los motores se apagan.
No es un hundimiento.
Es una parálisis quirúrgica.
La fragata queda flotando, inmovilizada, con sus sistemas eléctricos cortados, sus comunicaciones bloqueadas, sus armas sin energía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario