lunes, 20 de julio de 2026

De la ingeniería a la ficción: por qué escribo sobre el futuro de la energía

Durante más de cuatro décadas viví en el corazón de la industria y la gestión internacional de empresas y proyectos complejos. Como ingeniero industrial, mi trabajo consistía en hacer que los sistemas funcionaran, que los riesgos estuvieran bajo control y que las decisiones se tomaran con rigor técnico. Con el tiempo, esa experiencia me dejó una convicción muy clara: la tecnología, cuando se gobierna con criterio y se aplica de forma equitativa, puede cambiar para bien el futuro que nos espera a partir de 2030.

Ese futuro depende, sobre todo, de la energía. Si queremos evitar repetir los mismos errores, necesitamos con urgencia una fuente de energía libre, abundante y limpia. La fusión nuclear no es un sueño ingenuo: hoy es uno de los grandes proyectos científicos del planeta, con ITER en Francia como símbolo de ese esfuerzo colectivo. Pero los retrasos del programa —plazos que se han desplazado más de una década, sobrecostes de miles de millones y cronogramas que empujan los primeros resultados significativos hacia mediados de siglo— me hacen pensar que no todo es burocracia ni dificultades técnicas. También hay inercias políticas, intereses económicos y resistencias de un sistema que no siempre quiere que la abundancia energética sea un bien común.

No es la primera vez que la energía se convierte en palanca de poder. El petróleo y el estrecho de Ormuz lo han demostrado durante décadas: un punto geográfico estrecho puede condicionar el precio de la gasolina, la estabilidad de regiones enteras y la seguridad de millones de personas. En los últimos años hemos visto cómo cualquier tensión en esa zona reordena de golpe rutas comerciales, mercados y alianzas, recordándonos hasta qué punto nuestra economía depende todavía de unos pocos chokepoints estratégicos. Si repetimos ese esquema con la fusión nuclear, si dejamos que unos pocos actores se queden con las llaves de la energía del futuro, volveremos a construir un mundo frágil, desigual y explosivo.

Por eso decidí transformar mi manera de intervenir en el mundo. Como ingeniero, mi carrera está hecha; como escritor, estoy empezando ahora. He pasado de redactar informes técnicos, coordinar equipos y discutir especificaciones, a crear novelas y ensayos donde la energía, la geopolítica y la ciencia se convierten en trama, personajes y dilemas morales. No he dejado de ser ingeniero; simplemente he cambiado de herramienta. En lugar de diagramas de procesos, utilizo historias. En lugar de gráficos de carga y demanda, trabajo con emociones, decisiones y consecuencias.

Escribo ficción y thriller tecnocientífico porque creo que las ideas viajan mejor cuando se encarnan en personas y conflictos concretos. Un lector quizá no se sentará a leer un informe sobre ITER, los riesgos de captura regulatoria o la vulnerabilidad de los mercados energéticos, pero sí puede seguir la vida de un personaje que descubre que la fusión ha sido secuestrada por una élite, o que el cierre de un estrecho estratégico cambia de golpe su vida cotidiana. Mi objetivo, como autor, es llevar estos debates al máximo número de personas, no desde el sermón técnico, sino desde la narrativa: que el lector cierre el libro con preguntas incómodas y una sensación clara de que hay que cambiar la dinámica.

También escribo porque sospecho que las demoras y obstáculos que vemos en la transición energética no son solo fruto del azar o la complejidad tecnológica. Hay intereses que ganan con cada año de retraso, con cada crisis recurrente, con cada dependencia renovada de recursos fósiles controlados por unos pocos. La literatura no va a cambiar por sí sola ese sistema, pero puede hacer visible lo que muchos prefieren mantener en segundo plano, y puede ayudar a que más personas entiendan que la energía no es solo un tema de ingenieros, sino de ciudadanía, ética y poder.

Mi transformación de ingeniero a escritor, en realidad, es una continuidad. Sigo creyendo en los datos, en la física y en la ingeniería, pero ahora también confío en la fuerza de las historias para abrir grietas en la indiferencia. Escribo para quienes se preguntan qué futuro queremos a partir de 2030, para quienes sospechan que no podemos repetir el patrón del petróleo, y para quienes intuyen que la fusión y otras tecnologías emergentes no deberían ser el próximo juguete exclusivo de los poderosos.

Si mis libros y textos logran que aunque sea una persona más se pregunte quién controla la energía, qué intereses hay detrás de cada retraso y qué papel podemos jugar como sociedad, entonces esta nueva etapa como escritor habrá merecido la pena. Porque, al final, la ingeniería diseña sistemas, pero son las historias las que mueven a las personas a cambiarlos.

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